Un extraño diamante rojo

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Desde un principio la cosa pintaba mal. Y digo esto porque la historia era realmente mala, muy mala. Un cliché adornado con aquellos lugares comunes a los que nos ha acostumbrado el folletín. Unos personajes sosos que muy lejos estaban de ser epopeyicos. Lo más curioso es que su creador tenía buen gusto literario; sin embargo, la historia era, repito, muy mala.

Pío Gutiérrez no dejaba morir su gran sueño: escribir un cuento. Estaba decidido a detener aquella carrera de lector aficionado para empezar a relatar su propia historia con un final esta vez a su manera.

No sé si será por la influencia del cine, pero el cuento tiene como protagonista a  rubia de ojos muy grandes al estilo de Betty Davis. Ella entra a la oscura oficina de un detective. Es 1938, y yo me pregunto qué va saber un caraqueño nacido en Catia, en 1975, de rubias estadounidenses de finales de los 30. Pero Pío continúa. Sabe lo importante que es describir con detalle a cada uno de los personajes. El detective mantiene la vista hacia el piso. No quiere tener contacto con la mirada de la chica. Sabe que al más mínimo descuido puede ser víctima de sus armas de seducción. Se mantiene callado. Examina el expediente. Mentalmente pasa revista a las preguntas que debe realizar. Piensa también en cómo demonios hurtaron ese costoso rubí y si esta sensual secretaria estará detrás del robo. Ella se quita el abrigo. Se espabila un poco. El no resiste y mira. Ella toma un cigarrillo y lo lleva hasta sus labios. Pide fuego. Él no quiere caer, pero saca el encendedor. Ella se sienta en el escritorio. Él se acerca hasta el cigarrillo. Se va la luz en la casa de Pío.

— ¡VECINO! — le grita Doña Virtudes desde el apartamento de al lado.

            — ¡VECINO! ¿QUÉ PASÓ? ¿POR QUÉ NO TIENES LUZ? EL RESTO DEL EDIFICIO SÍ TIENE. YO TENGO. ¿Será que te la cortaron? Chico, en el buzón tienes varios recibos de CORPOELEC. Bueno, pero al del 13-A se la cortaron y solo debía un mes.

            Pío está paralizado. No entiende muy bien lo que ocurre. Está un poco desorientado y hasta mareado. Toda la casa está a oscuras. La única luz proviene de su laptop. Es entones cuando cae en cuenta de que no todo está perdido. Con la batería que le queda podrá darle los toques finales a la historia, revelar el enigma y darle paso al desenlace. Se precipita de nuevo a escribir, teclea rápido. Dejará para luego el  proceso de edición y corrección. O mejor aún, que la futura editorial se encargue de esas pequeñeces. 15% de batería. Pío empieza a concientizar que su computadora ya tiene con él más de 20 años. El tiempo no pasa en vano, y este artilugio electrónico se lo recuerda. Se apresura aún más. Suda. La vista también falla, pero sigue adelante, no para, deben faltar solo unas 100 palabras. Pronto estará listo. Un beso. Falta un beso en el cuento. Pío sabe que no es cine, pero igual siente la necesidad de colocarlo. 7% de batería. La rubia y delgada chica apaga el cigarrillo contra el cenicero. Se va encima del detective. Se apaga la laptop.

— ¡VECINO! YA LLAMÉ AL CONSERJE. VENDRÁ A REVISAR.

Pío está petrificado. Ahora sí no se ve absolutamente nada. Empieza a desesperarse más. Ya estaba tan cerca de terminarlo. Tantea en la oscuridad en busca de papel y lápiz. Está decidido a reescribir todo el cuento a mano. Tardará más, pero no le importa. No tiene apuro. Nadie lo espera ya. La editorial sabrá entender. Aunque cuanto más pronto, mejor. La memoria es traicionera, y no la puede dejar descansar. Pío se tropieza con los muebles. No coordina. Recuerda que en la cocina tiene velas,  unas que su madre le compró para casos como terremotos. Las busca. Las enciende todas, rápido, apresurado y torpemente. Las coloca sobre el escritorio y toma el papel y lápiz que estaban allí.  Se echa al piso a escribir.

Joseito, el conserje, sube en el ascensor. Lo único que piensa es en cuándo le tocará la lotería para “irse pal’ coño y no seguir calándose a los inquilinos”. No es la primera vez que hay problemas con el 17-B, pero bueno, hay que cuidar el trabajo y por eso no expresa sus quejas.

Joseito llega al piso 17 y encuentra a la señora Virtudes pegando gritos como una lora. Del apartamento de Pío sale humo y más humo. Al parecer ya llamaron a los bomberos.

— ¡Lo que faltaba: el del 17-B se prendió candela en su propia casa! Loco al fin. Dice Joseito.

Los bomberos llegaron rápido para apagar el show de ese día. Por supuesto, todo el edificio estaba en Planta Baja viendo cómo sacaban a Pío en una ambulancia. De nuevo, el final no fue como él quería.

Lo único que llegó a escribir en el papel fue el título de su cuento: Un extraño diamante rojo. El resto de la historia, quien sabe si algún día saldrá de aquellas tinieblas electrónicas.

Después de todo, creo que por lo menos el título no era tan malo.

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