Saludo a la bandera de Japón

alain-pham-248578El 14 de noviembre de 1996, mi hermana me llevó, como era costumbre por mi cumpleaños, al que era mi lugar favorito en el mundo: el Museo de los Niños, ubicado en la ciudad de Caracas, Venezuela. Por ese entonces yo no vivía en la capital, pasarían por lo menos 15 años para que eso sucediera. Mientras tanto, el viaje hacia Caracas, desde Ocumare del Tuy, mi pueblo natal, se hacía en unos autobuses del Ensamblaje de Carrocerías Valencia, C.A, mejor conocidos por sus siglas como ENCAVA; de fabricación venezolana, se habían establecido en el país en 1962.

Pero lo fascinante no era para nada el viaje en estos autobuses, sino el camino por carretera que había que hacer antes de llegar a la Autopista Regional del Centro; sin duda, impensable trayecto en la actualidad, y que en aquel momento sumaba por lo menos unos 20 minutos más al recorrido que se hace ahora. Pero, para una niña de 8 años, que además estaba de cumpleaños, no había camino malo ni tenebroso cuando se trataba de ir a Caracas: se contaban los días, se alistaba la ropa y se preparaba la mochila, porque seguro la aventura de viajar 1 hora y 20 hacia ese paisaje que siempre lucía imponente como la primera vez, traería consigo alguna que otra anécdota que contar de vuelta a casa.

Sin emabrgo, lo que nunca imaginé fue la magnitud de la anécdota, ni que ese 14 de noviembre, día de mi cumpleaños, conocería a la Primera Dama de Japón para ese momento, Kumiko Hashimoto, (tuve que “googlear” su nombre porque obviamente no me acordaba) y a la Primera Dama de Venezuela, para ese entonces, Alicia Pietri de Caldera.

A esa edad, yo ya tenía una  noción de quién era el Presidente de la República, pero no muy clara la importancia de conocer a las primeras damas de una nación. Lo máximo que recordaba, por aquellos tiempos, y que se escuchaba hablar en mi pueblo, era un partdio llamado La Causa R (o La Causa Radical), que más tarde supe que había estado liderado por Andrés Velázquez, y fundado por ex-integrantes del Partido Comunista de Venezuela (PCV); pero de resto, para mi esas dos señoras que en cualquier momento entrarían por una puerta y se instalarían en un podio dispuesto en el Planertario, no tenían la mayor relevancia.

Claro, para mi hermana sí tenía relevancia, al igual que para la mamá del otro niño que una de las Guías del Museo había elegido, al igual que a mi, para hacer un saludo a las banderas y a las primeras damas. A todas estas, nosotros fuimos elegidos al azar cuando estábamos por entrar al Planetario, la atracción principal y más esperada de todo el recorrido. Hacíamos una fila, creo, cuando de pronto, la Guía le preguntó a nuestras representantes si queríamos partipar. Sería rápido, un momentico, era un breve acto protocolar en el marco de la visita de la Primera Dama Japonesa a nuestro país.

Tampoco sabía muy bien lo que sucedía, reconzco era era muy tímida cuando era niña (patológicamente tímida) y recuerdo que en el fondo había un poco de incomodidad y de temor. Pero la Guía nos apartó, no arregló, nos puso nuestros trajes de astronautas venezolanos (años después me enteré que eso no se podía estudiar en Venezuela) y nos puso de pie, a la espera. Nos giró las instrucciones necesarias: era de suma importancia seguir el protocolo. Tuvimos que esperar mucho, no sabíamos en qué momento entrarían esas personalidades que todo el mundo esperaba. Sabía que en esos escasos minutos que durara el encuentro, la máxima responsabilidad era de nosotros. Y entonces ocurrió, entraron ambas damas (no recuerdo muy bien a la japonesa, verdaderamente, pero recuerdo clarito el tarje blanco de dos piezas que llevaba Alicia Pietri, un sueño de vestido).

La primera parte, cuando entraron las damas, no sé si por los nervios o qué, todo sucedió en cámara lenta. Dentro de ese slow motion recuerdo que nosotros, mi compañerito y yo, muy sutilmente, y de manera coreográfica, alzamos nuestra diminuta manito derecha, que se perdia dentro del traje que nos quedaba un poco grande,  y la digirijimos hacia nuestra sien. Nunca se pudo haber honrado de manera tan honesta y sublime a la República del Japón. Éramos, sin duda, unos héreos anónimos que en ese momento dábamos nuestra dignidad por la república. Fue un acto casi militar donde ese correcto y disciplinado saludo fue correspondido por ambas damas, quienes con una sonrrisa y una reverencia nos devolvían su agradecimiento. Pero una vez que nuestros deditos nos rozaron la sien, todo empezó a pasar rápidamente, como cuando adelantabas la cinta en el VHS para llegar a mejor parte de la película tantas veces vista . Sí, así como entraron las señoras, así desaparecieron, se esfumaron. No podía creer que habíamos esperado tanto, de pie, con los cascos de astronautas que nos hacian sudar la cara, para estar tan poquito tiempo en frente de tanta historia; porque si algo tenían ambas señoras encima, era historia: historia y pesares a cuesta. Pero eso lo entendería  mucho tiempo después, en la UCV, en los  libros, en la revistas literarias, y en las largas charlas de geopolítica, en tercer semestre, con el grupito de Letras, la guía de Teoría Literaria, y con los formalistas rusos para arriba y para abajo. 

Lo cierto es que esa tarde, mientras el tupido ocaso caraqueño se empezaba a desmoronar dentras de las Torres del Silencio, mi hermana y yo salimos de Parque Central rumbo al Nuevo Circo. Retornando a casa, las dos todavía estábamos en shock por todo lo ocurrido: un cumpleaños clase aparte, definitivamente. Una ciudad de locos donde cualquier cosa puede pasar. Al día siguiente, el saludo a la bandera en la escuela primaria, de ese pueblo del que nadie se acordaba nunca, se veía distinto a lo habitual. Pero, dentro de todo la vida seguía igual. La gente continuaba con sus cosas de siempre. El pueblo seguía lento y caluroso, con esa hora (entre la 1 y las 2 de la tarde) que se hacía eterna para todos. De hecho, creo que nadie le hizo caso a mi anécdota cuando todavía con emoción la conté; ni la maestra me parece que entendía ni prestaba atención a lo que yo le estaba narrando. A nadie le importaba: solo a mi, y a mi hermana, y supongo que a ese niño que actualemnte ya debe tener casi 30 años como yo. Pero es de entender; saben, después de todo, ya para ese entonces los adultos en mi país tenían muchos problemas, y habían cosas más importantes de las que ocuparse, más importantes que la Primera Dama, el Presidente, y más importantes que mi saludo a la bandera de Japón. 

Buenos Aires; 23 de enero de 2018.

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